jueves, 11 de febrero de 2010
Los ojos seguían hinchados. Estaba sentada justo al lado de la ventana, con la cortina algo corrida para poder seguir viendo la chica de la ventana de enfrente. Por un momento pensó que se veía en un espejo. Misma posición, misma mirada perdida hasta el infinito, misma expresión de vacío. Vacío existencial y una extraña sensación de deslocalización en el mundo. ¿Qué coño pintaba aquí? ¿Qué se supone que estaba haciendo con su puta vida? Se miró los brazos, se acariciaba algunas cicatrices que llevaba de hacía años. La mirada se le quedó fija en esa chica. Ya no lloraba. Se limitaba a aguantarse la cabeza contra el cristal, dibujando algo en el vaho. Las piernas empezaron a temblar. El mareo volvía. Joder. Sentía que no controlaba ese tembleque odioso, ni esa sensación de flotar en el aire. ¿Qué pasa? ¿Qué coño está pasando, eh? Ayúdame. Joder. Volvía a faltar el aire. No puede estar pasando otra vez. Otra vez no. La volvió a mirar entre el cristal. Pelo corto, por debajo las orejas, castaño oscuro. Parecía tierna, dulce. Aunque estaba sufriendo. Esas lágrimas escupían esperanzas rotas guardadas durante mucho tiempo bajo llave. Reprimidas. Joder. Estaba pasando. Hubiese querido que pasara un mes antes, o después. Pero ese día no. Hoy no. No puede estar pasando otra vez. No sintió el golpe. Besó el suelo.
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