Tres treinta y tres. El frío de enero se le cuela en la cama. Se limitó a salir corriendo, tal vez esa habitación la ahogaba en recuerdos, le evocaba cada noche de sangre y sudor con Ella, cada palabra callada en la oscuridad, bajo la oscuridad. Volar. Iba creciendo esa necesidad de escapar de allí, dejar atrás la dependencia a lo perdido. Se vio en la calle, con un vestido blanco y el pelo cayéndole por la espalda. Llovía. Empezaron a susurrarle palabras, taladrarle desde dentro, repitiéndose en su cabeza. Descalza, en medio de la carretera encharcada. Llovía. Era de ella, de donde quería escapar. Siguió por donde había venido, sin pensarlo. Agotada. La cama parecía menos dura. Mucho menos. Los Monstruos ya dormían. Se limitó a pensar qué vería si lograra salir de ella misma. Otra vez vinieron las palabras, las putas palabras que le nadaban en la mente salían a flote. En estéreo. Subiendo el volumen. Más. Más. La mano volvió al pecho. Arañándose el corazón, no lograba hacer hueco para dejarlo salir. Un Monstruo despertó, lo desató de la pata de la cama y lo abrazó fuerte.
Es jueves. Es gris. Es una mañana fría de enero. Despierta entre sangre reseca y sudor.
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