miércoles, 10 de febrero de 2010

Ichigo Ichie.

Cuelga. Cree que nunca había gritado tanto sin abrir la puta boca. Aprieta los dientes y los ojos se le empiezan a encharcar. Empieza a llover. La mano se le va directa donde el corazón, y siente como le retumba dentro, está a punto de estallar. Empiezan los movimientos espasmódicos, escenas vulgares, superando cualquier tipo de rabieta anterior. Nunca se había visto así, ni capaz de presenciar una situación tan penosa. Se tapa la boca evitando el eco del latido del corazón. Grita callando. No puede armar barullo, tiene cuatro Monstruos velándola, atados uno a cada pata de la cama. Riéndose de ella. Ya sabían que este día llegaría, sabían que el dolor le arañaría la espalda derramando ríos de sangre, sabían que aumentarían las tentaciones de volar esa noche, de demostrar que el miedo del sexto piso había muerto. La luz se volvía roja, las paredes se iban encogiendo, esa cama le estaba pareciendo una roca llena de agujas. Iba a volar, necesitaba volar.
Tres treinta y tres. El frío de enero se le cuela en la cama. Se limitó a salir corriendo, tal vez esa habitación la ahogaba en recuerdos, le evocaba cada noche de sangre y sudor con Ella, cada palabra callada en la oscuridad, bajo la oscuridad. Volar. Iba creciendo esa necesidad de escapar de allí, dejar atrás la dependencia a lo perdido. Se vio en la calle, con un vestido blanco y el pelo cayéndole por la espalda. Llovía. Empezaron a susurrarle palabras, taladrarle desde dentro, repitiéndose en su cabeza. Descalza, en medio de la carretera encharcada. Llovía. Era de ella, de donde quería escapar. Siguió por donde había venido, sin pensarlo. Agotada. La cama parecía menos dura. Mucho menos. Los Monstruos ya dormían. Se limitó a pensar qué vería si lograra salir de ella misma. Otra vez vinieron las palabras, las putas palabras que le nadaban en la mente salían a flote. En estéreo. Subiendo el volumen. Más. Más. La mano volvió al pecho. Arañándose el corazón, no lograba hacer hueco para dejarlo salir. Un Monstruo despertó, lo desató de la pata de la cama y lo abrazó fuerte.
Es jueves. Es gris. Es una mañana fría de enero. Despierta entre sangre reseca y sudor.

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